4.1.10

STEVE KINDLER:
"Across a rainbow sea"

Fundada en el hermoso archipiélago de las islas Hawai, la compañía Global Pacific Records contó con varios años de intensa actividad en la difusión de una música instrumental muy acorde con la imagen que de estas islas podemos tener desde la lejanía: colorido, regocijo, paz y naturaleza. Mezclando elementos folclóricos, electrónicos, de la música clásica y del mundo del jazz, artistas como Joaquín Liévano, Georgia Kelly, Ben Tavera King, Teja Bell o Steve Kindler elaboraron para Global Pacific trabajos que si bien no entraron ruidosamente en las listas de éxitos de este tipo de músicas, sí que quedaron como una buena alternativa a las grandes compañías por su sonido elegante y jubiloso, de producción eficaz, buena presentación, y grandes dosis de calidad. No en vano, aunque Global Pacific acabara su actividad en pocos años, algunos de sus músicos siguen siendo recordados con interés.

Nacido en Oregón y proveniente de una familia de músicos, Steve Kindler destacó enseguida como un niño prodigió, interpretando su violín en orquestas sinfónicas si bien a la par que Bach o Vivaldi encontró influencias de juventud en Led Zeppelin o The Beatles. El gran impulso le llegó cuando recibió una importante llamada a los dieciocho años, la de John McLaughlin para incorporarse a la inminente gira mundial de la Mahavishnu Orchestra, a la que han pertenecido importantes violinistas como Jerry Goodman o Jean-Luc Ponty. Cuando años después se traslada a Hawai, donde toca en la Orquesta Sinfónica de Honolulu, entra en contacto con Global Pacific Records y graba varios trabajos, entre los que destaca "Across a rainbow sea", publicado en 1990 cuando Steve se mudó a California. En general se respira en el disco una enorme alegría y una tonalidad tan cálida y agradable como la que observamos en la portada. La evidencia es su primer tema, "For the Americas", un canto de esperanza de unión de los pueblos americanos (se nota en su ambiente folclórico) que, a pesar de contar con una variada instrumentación, está dominado rotundamente por el violín eléctrico de Steve. "Little Fuji" es otra de las melodías de fuerte inspiración tropical que destacan en el disco, poseedora de un armonioso encanto y abrumadora sensación de felicidad vacacional. Más suaves y meditativas son composiciones como "Plumeria" o "Mystic fire", evocadoras de ambientes más reposados (la primera es, por ejemplo, un recuerdo de las suaves brisas de las tardes tropicales, y la segunda de paisajes oceánicos), como una "Wistari reef" que goza de la colaboración de Suzanne Ciani al sintetizador. "Agua caliente" es otra de las composiciones destacadas, con una acertada guitarra de reminiscencias flamencas marcando el ritmo para dejar que el violín se explaye en toda su dimensión con un cierto ambiente latino. No hay que dejar de mencionar también el interesante corte titulado "Bodysurfer", que por su ritmo eléctrico puede recordar a ciertas composiciones de la época (como la conocida sintonía de la serie televisiva "Corrupción en Miami") de un Jan Hammer que, aunque no coincidiera con Kindler en la Mahavishnu Orchestra, sí que se llevó a nuestro violinista de gira y le pidió su colaboración en alguno de sus discos.

Aunque sobresalgan los violines (acústicos y eléctricos) para los que lógicamente están compuestas la mayoría de las piezas, "Across a rainbow sea" se beneficia de una rica instrumentación, donde destacan el paraguayo Carlos Reyes al arpa folk paraguaya, guitarra y bajo, las percusiones tropicales de Clay Henry, Isaac Epps y Pinchey Pete, la batería de Casey Scheuerell, la mencionada colaboración de Suzanne Ciani al sintetizador o la voz de la intérprete de jazz Jackie Ryan, que también grabó junto a Steve en su otro grupo de la nómina de Global Pacific, Barefoot. La Mahavishnu Orchestra, Shadowfax, Jan Hammer, Jeff Beck o Kitaro son algunos de los artistas que han contado con colaboraciones de Steve Kindler, cuya forma de tocar el violín está influenciada por la música de la India, y que considera que este instrumento está injustamente estereotipado y debería tener un papel más amplio y destacado en la música actual, por sus características e influencia en las más variadas culturas. En definitiva, aconsejable rescatar algunos trabajos de Global Pacific y de Steve Kindler, un estupendo violinista que hace bastante tiempo que no se prodiga mucho.

25.12.09

LOREENA McKENNITT:
"The mask and mirror"

Si cualquier viaje lejano puede suscitar un cúmulo de experiencias y anécdotas, el que ha llevado a Loreena McKennitt por medio mundo ha generado una cuantiosa legión de influencias y de ideas para desentrañar una música que, desde una herencia celta, se ha transfigurado en global, multicultural y riquísima en detalles. Esta historia de amor entre una arpista y su público, que comenzó en los 80 en una granja canadiense, ha transitado por caminos de inusitada calidad en sucesivas grabaciones de títulos tan importantes como "Elemental", "Parallel dreams" o "The visit", para continuar por caminos más abiertos, en base a una labor de estudio en el origen de lo celta. La investigación realizada en culturas milenarias no sólo supuso un ejercicio fascinante para Loreena sino que fue el origen de una nueva forma de concebir su música más allá de la tradición celta. En efecto, al ir conociendo detalles sobre la expansión y antecedentes de dicha cultura, aumentó su interés por las músicas del este de Europa y del Oriente próximo. Sin embargo un paso importante en esta historia está mucho más cerca de lo que podíamos imaginar, ya que se detiene en nuestra propia tierra.

Todo lo que confluía en la Loreena McKennitt de esta época era garantía de éxito, así que Warner Music continuó distribuyendo sus discos, grabados en su propia compañía, Quinlan Road. "The mask and mirror" llegó en 1994 y siguió aunando los componentes que habían llevado a "The visit" a vender cientos de miles de copias: un trabajo de estudio sin par en la temática elegida, una labor de composición brillante, donde la comercialidad y la calidad se dan la mano, y un proceso de grabación en el que no se habían escatimado medios, y en el que la McKennitt estaba arropada por nombres como Brian Hughes (guitarras, balalaika, sitar), Rick Lazar (percusiones), Hugh Marsh (violín) -estos tres le acompañarían en su nueva gira-, Anne Bourne (cello, voces), Patrick Hutchinson (Uillean pipes), o Dónal Lunny (bouzouki, bodhran) entre otros. La rica instrumentación escogida no impide que la voz de Loreena McKennitt, por encima de su arpa o acordeón, sea por lógica el punto más importante de la grabación: Loreena es una contadora de historias, su cálido estilo nos es muy cercano porque en "The mask and mirror" bebe por igual de fuentes mediterráneas que de las suyas propias, las celtas. Una joven Loreena McKennitt, de incansable espíritu viajero, había visitado España y concretamente la Alhambra de Granada antes de publicarse "Elemental", su primer disco. Años después volvió para inspirarse y, entre España y Marruecos, nació "The mask and mirror", un disco pleno de referencias a nuestra cultura, y con una elevada vena mística cuyo origen se debe a determinadas lecturas sobre el sufismo, ese 'islam esotérico' que busca llegar hasta Dios. Sin ir más lejos, el tema de inicio del álbum, "The mystic's dream", explora en esa búsqueda por medio del amor, si bien es a través de dos poetas donde encuentra unas referencias tan claras en su conexión mística como lejanas en su origen: del irlandés William Butler Yeats son los románticos versos de "Cé hé mise le ulaingt? (The two trees)", y el visionario de Ávila San Juan de la Cruz inspira una de las maravillas del disco, "The dark night of the soul", un poema de amor entre el místico y el propio Dios que -destaca Loreena- puede pasar perfectamente como una historia entre dos amantes de cualquier época ("¡Oh, noche que guiaste!, ¡oh, noche amable más que la alborada!, ¡oh, noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada!"). Con un comienzo tan sencillo (y eficaz) como "Elemental", y un sereno camino de estudio tradicional y poético en posteriores trabajos, es como si, presa de ese pretendido misticismo, la música de Loreena McKennitt intentara alcanzar un nivel superior de espiritualidad; si lo ha conseguido o no es algo que depende de cada oyente.

La canción estrella del álbum, y precisamente la más alejada (junto a la última del mismo) de la inspiración de Al-Ándalus, es "The bonny swans", una continuación del estilo de su anterior trabajo, "The visit", con letra tradicional y música de Loreena, que trata sobre la historia de dos hermanas en la Edad Media, una de las cuales ahoga por celos a la otra; ésta regresa en forma de cisne para transformarse definitivamente en un arpa, ese instrumento tan evocador que puede considerarse como el primordial de Loreena McKennitt. "Prospero's speech" es ese mencionado cierre del disco, una canción cálida arropada por la voz más susurrante de Loreena, y un recuerdo de sus experiencias teatrales, en concreto con "La tempestad" de William Shakespeare, a la que pertenece este discurso. Pero de un modo más mundano, el disco está impregnado de vivencias personales importantísimas: Loreena actuó en enero del 92 en Santiago, enamorándose al instante de esa ciudad, tanto que volvió en mayo de ese mismo año y se empapó de la historia de dicha urbe mágica; cuenta nuestra protagonista que compró un disco de Els trobadors y le encantó, y que tras seguir estudiando este cruce cultural de comunidades cristianas, judías y musulmanas, encontró al final esta música tradicional, que utilizó en el disco con el título lógico de "Santiago", otra de las canciones (la única sin letra definida) destacadas por su encantadora melodía tarareada y su ritmo multicultural. Marruecos inspira notablemente el cuarto y quinto tema del disco, un animado y colorido "Marrakesh night market" que nace de la sorprendente visión y experiencia de la primera noche de nuestra artista en Marrakesh durante el ramadán de 1993 ("miles de personas concentradas en círculos (...) con su música particular, una poesía directamente relacionada con ritmos de tambores, encantadores de serpientes, monos y pociones mágicas"), y "Full circle", un emocionante recuerdo de la impresión del amanecer en el desierto y los cantos de las mezquitas en pleno ramadán, que supusieron para la McKennitt de esa época dos de las tres experiencias más fuertes de su vida (junto a la visita a un monasterio de monjes benedictinos en Quebec), tres formas distintas pero necesarias de encontrarse con Dios, un tema recurrente y posiblemente primordial en este disco que inquiere preguntas y respuestas desde su propio título, "The mask and mirror", puesto que Loreena se plantea definitivamente: "¿Quién fue Dios?, ¿qué es la religión?, ¿qué es la espiritualidad?, ¿qué fue máscara y qué fue espejo?".

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19.12.09

JONN SERRIE:
"Planetary chronicles vol.1"

Una teoría de tan hermoso apelativo como 'música de las esferas' debería de haber sido tomada como cierta desde siempre, pero el pragmatismo en este caso siempre pudo con la poesía y la confirmación ha tenido que llegar siglos después de que los griegos la enunciaran. Los cuerpos celestes, según esta creencia, emiten sonidos armónicos (cantan, como dijo un astrónomo), ondas de frecuencias generalmente imperceptibles para nuestros oídos pero que alteradas artificialmente nos suenan como vibraciones, zumbidos, púlsares, silbidos o ruidos tormentosos. Aparte de servir para comprender mejor el universo o simplemente incitar al misterio, la demostrada 'música de las esferas' permite un acercamiento con mayor interés a ciertas formas de 'música cósmica' que desde hace décadas se están interpretando en los entornos de la new age, el rock sinfónico o la música contemporánea, en especial (y sin olvidar a muchos otros como Vangelis, Jarre, Tangerine Dream, Steve Roach, Constance Demby, Neuronium o en otros sentidos menos electrónicos Gustav Holst, Terry Riley o Jeff Oster) la música compuesta para planetarios, donde entra de lleno el sintesista estadounidense Jonn Serrie. Jonn entró en contacto con los sintetizadores en los 70 y sus músicas, gracias a amistades, sonaron en el planetario de Hartford (Connecticut), impresionando de inmediato y expandiendo su estela hacia otros planetarios; en el de Nueva York grabó cassetes para venderlas allí mismo, y el sello Miramar se interesó hasta el punto de hacerle un suculento contrato.

Serrie despuntó en 1987 con un interesante trabajo, "And the stars go with you", cuya inspiración vino de la tragedia del transbordador espacial Challenger (él iba a colaborar con la NASA, en concreto con Christa MacAuliffe, que iba a impartir clases con la música de Jonn desde el espacio). En ese primer disco asentó las bases de un estilo cósmico ambiental en el que la inmensidad y oscuridad espacial está especialmente lograda, en base a fondos languidecientes, notas alargadas y graves, en un clima romántico aletargado, como de un apagado atardecer. No fue sino cinco años después, en 1992, cuando Miramar publicó un compendió de aquellas antiguas melodías de planetario bajo el título de "Planetary chronicles vol.1", un disco que fue repescado en 2002 por la compañía estadounidense New World Music con un acertado cambio de portada (la que ilustra esta crítica). Aunque predomine un estilo muy relajado, el inicio del álbum ("Mystery road") es sugerentemente rítmico, cobrando de inmediato una extraordinaria ambientalidad, de onirismo cósmico muy inspirado. "Dawn trader" presenta un comienzo majestuoso y aventurero, al que sigue un desarrollo sosegado, meditativo, donde mantos de sintetizadores, en continuidad con el tema anterior, elaboran una atmósfera espacial, ideal para viajar por la pantalla de un planetario. Realmente tuvo que ser un espectáculo contemplar las imágenes del planetario de Hartford con la música de Serrie, composiciones tan ingrávidas y majestuosas como las dos que abren este trabajo. "The straits of Madigann" viene salpicada de multitud de efectos sonoros, pero no es una composición lineal como puede ser el resto del disco, sino que tiene varias caras y un desarrollo sinuoso, con diversas entradas y salidas como de agujero de gusano, y un final que presenta apagadas voces futuristas. Más calmada es "Starmoods", dieciseis minutos de tranquilo viaje por el espacio, parecido al que después haría Jarre por el mar en "Waiting for Cousteau" (aunque de menor profundidad que aquella genial inmersión en lo más profundo del océano). El disco acaba con "The auran vector", inquieta música planeadora en un estilo más movido y confuso que en el tema anterior. 'Crónicas planetarias' es un título lo suficientemente sugerente como para ejercer un cierto interés en la franja de público que busca nuevas experiencias sonoras con los sintetizadores, si bien en general nos encontramos con una música que a pesar de estar destinada a la contemplación del espacio, supone tanto una exploración exterior como interior, pues incita a la relajación y posee una extraña huella romántica (incluso un cierto componente erótico).

Otros músicos de planetario, como Mychael Danna, Michael Stearns o nuestro Luis Delgado, parecieron acabar influenciados por músicas del mundo o al menos otras instrumentaciones más terrenales. Serrie continúa fiel a una música dedicada por igual al espacio y la aviación, pero sus intentos más comerciales, emulando al propio Danna y en líneas estilísticas cercanas a artistas atmosféricos como Constance Demby, Steve Roach, Yanni o Tangerine dream, no han llegado a dar los frutos de los puramente planeadores, ábumes como "And the stars go with you" o "Planetary chronicles" (cuyo segundo volumen salió a la luz en 1994) donde los teclados marcaban un estilo marcial, de ritmo fácilmente llevadero por una muy agradable ambientalidad que en ningún modo caía en el aburrimiento o en la nulidad, con mucho que decir y una forma de decirlo clara, estricta, cómoda, de producción pulcra y de maravillosa evocación espacial. La música del infinito, para escuchar camino de otra galaxia.

13.12.09

PHIL CUNNINGHAM:
"The Palomino waltz"

Silly Wizard era el nombre de una mítica banda escocesa de música tradicional, que encontró un cálido acomodo y un cierto éxito desde comienzo de los años 70 y durante los 80. Johnny Cunningham estuvo involucrado desde su origen, y enseguida atrajo también a Andy M. Stewart, vocalista carismático, y a su propio hermano pequeño Phil, un vibrante acordeonista que iba a dejar huella en la música escocesa de finales de siglo no sólo como músico sino además como productor. No había fines nacionalistas en Silly Wizard -comenta Phil Cunningham-, sólo era una manera de mantener viva una cultura y una identidad musical. Durante esta etapa, Phil publicó además su primer álbum en solitario, un interesante "Airs and graces", y no sería hasta cinco años después cuando vería la luz su segundo trabajo, un lustro en el que no sólo terminó la aventura de Silly Wizard sino que además dió origen a los dos álbumes del supergrupo Relativity, formado por dos parejas de hermanos sin igual, los irlandeses O'Dhomhnaill (Micheal y Triona) y los escoceses Cunningham (Johhny y Phil). Con semejante rodaje, lo presentado en 1989 por Green Linnet Records bajo el título de "The Palomino waltz" sólo podía ser pura magia de esencia celta.

Gusta Phil de compaginar ritmos y melodías, y eso es lo que nos ofrece en sus discos, una combinación de reels y aires lentos casi a partes iguales que se mezclan para mantener a la vez un ferviente entusiasmo y una calmada atención. El comienzo no podía ser sino una demostración de acordeón, dos animados reels ("The bombadier beetle" / "Webbs wonderful") que anticipan un trabajo alegre, bien producido y de esencia tradicional, si bien es el propio Cunningham el que compone la mayoría de las canciones, entre las que, como ya sucediera en su primer disco, no hay voces. Otro instrumento usual en la música celta, el violín (el instrumento esencial de su propio hermano) marca la pauta en un aire lento de bailable esencia de título "The Ross Memorial Hospital"; el encargado de manejar este 'fiddle' en este tema y el siguiente es Aly Bain, el violinista durante más de treinta años de otro grupo mítico, Boys of the Lough. "The Palomino Waltz" / "Donna's Waltz" son la demostración de la fuerza que caracteriza a este músico, que en combinación con su virtuosismo e inteligencia le hacen ir un paso por delante de su generación; aquí es de nuevo el acordeón el que nos deleita junto al violín y un tímido bajo con dos melodías sencillamente magistrales a ritmo de vals. De nuevo aparecen los reels en el disco, en esta ocasión tres títulos unidos ("The four stroke reel" / "Martin O'Connor's flying clog" / "The four stroke reel") interpretados en un soberbio directo grabado en Cozumel (Mexico), y más adelante con el animado y avanzado para su época "Ceilidh funk", vertiginosa pieza de origen desconocido (es el único reel del trabajo que no compone Phil Cunningham). "Violet Tulloch's welcome to the crask of Aigas" / "The laird of Drumblair" son dos strathspeys, un tipo de alegres y festivas tonadas para danza entre las que se encuentra una del legendario violinista James Scott Skinner. Restan sin embargo tres aires lentos por comentar, en dos de ellos suenan sendas gaitas, escocesa en "Leaving glen affric" (que parece un calmado anticipo de Wolfstone, aunque en realidad sea una composición del que fuera gaitero de Silly Wizard e intérprete en esta pieza, Finlay M. MacRae) e irlandesa, a cargo de Davey Garrett, en un final tranquilo de título "Ciara McCarthy's lullaby". Por último la que podría denominarse como joya del disco (y el término 'joya' es muy acorde en el caso de Phil Cunningham, si tenemos en cuenta algunos de sus éxitos junto a Aly Bain), una delicada y encantadora composición para teclado y flauta titulada "The wedding" cuya simpleza, lejos de restarle encanto, le confiere una sincera calided.

Además de un sofisticado intérprete (no sólo de acordeón, también toca en sus discos flauta, teclados y alguna guitarra) y un fenomenal productor (entre otros Dolores Keane, Connie Dover, Altan, Bonnie Raitt o Wolfstone), Phil Cunningham posee un estupendo sentido del humor, que le hace acreditar en sus trabajos al ficticio pianista Koos Koos Mccafferty y que provoca la aparición de curiosos videos en su myspace. Aunque la música escocesa tenga sus diferencias con la irlandesa, en realidad, y más con el tiempo, es difícil describirlas, pues tienen demasiado en común. Algo así sucede en este maravilloso disco, un trabajo sólido que mantiene viva la llama más caliente de la música tradicional escocesa pero que se abre a las naciones celtas y explora en ese sonido antiguo que nos enciende y deleita por igual sea inglés, irlandés, escocés, bretón, de Canadá o del norte de España. Seguro que cuando Phil Cunningham dice "yo creo que la música de hace años transmite lo que somos ahora y refleja el pueblo que somos", no se refiere únicamente a la nación escocesa.

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6.12.09

TANGERINE DREAM:
"Phaedra"

Aunque en el momento de la publicación de "Phaedra" ya existían cuatro discos en el mercado del grupo Tangerine Dream, el éxito les llegó gracias a la distribución de Virgin Records. Es más que seguro que, indirectamente, fuera Mike Oldfield quien propiciara ese contrato con la discográfica de Richard Branson, ya que "Tubular bells" había reventado el mercado de la música instrumental sólo un año antes, y el mandamás de Virgin puso los ojos en el grupo alemán para copar este ámbito en alza. Otros, como el sintesista alemán Klaus Schultze (que fuera miembro del grupo en su primer plástico, "Electronic meditation"), opinan sin embargo que sin "Tubular bells" su éxito hubiera sido mucho mayor. Lo que hay que tener bien claro es la diferencia estilística entre ambos conceptos musicales: mientras Oldfield acercó el rock sinfónico a la música clásica y al folk, Tangerine Dream comenzó como un grupo de krautrock, ese rock experimental alemán que usaba la tecnología a su antojo para experimentar en un nuevo concepto de música electrónica, en ocasiones tan vanguardista y ausente de normas que más de uno se podría plantear dónde está la frontera entre la originalidad y la desvergüenza. Edgar Froese (el creador primigenio, cuyo carácter rebelde le llevó a luchar contra lo establecido, en la vida y por supuesto en la música, en un Berlín vanguardista y tumultuoso) y Christopher Franke eran sus puntales creativos, y esta época de mayor éxito contaba con Peter Baumann como tercer miembro a la sombra de ese cruce de genios, un Baumann que posiblemente cobró más reconocimiento años después al fundar la excelsa compañía Private Music.

Habiendo emprendido un camino seguro con "Atem" y un "Green desert" que iba a tardar más de una década en ver la luz, de forma paralela pero ciertamente alejada (al menos más moderada) de lo caótico, rotundo y reververante de sus primeros trabajos ("Electronic meditation", "Alpha centauri" o "Zeit"), este trío de visionarios consiguió gracias a ese fichaje por Virgin que su música fuera distribuída como suponían que merecía, y las ventas les dieron la razón. Huyendo de lo convencional y deleitándose en una forma psicotrónica de ejecutar una música sugerente, extraña, sin melodías reconocibles, Tangerine Dream se ganó una legión de leales acólitos, muchos de ellos posiblemente jóvenes inconformistas surgidos de la cultura de las flores o de círculos underground. El VSC3 (sintetizador portátil de aspecto extraño, con una carcasa de madera que ahora vemos como algo absolutamente retro) marcó el camino de la banda, combinado con mellotron (teclado eléctrico que suele considerarse como el antecedente del sampler), sintetizador Moog, órgano, piano, guitarra y flauta (si bien los instrumentos acústicos apenas cuentan en el resultado final). "Phaedra" fue publicado en 1974, y no parece recoger influencias de la mitología griega a pesar de que Phaedra (o Fedra) fuera la esposa de Teseo. Comienza con la larga composición de igual título, "Phaedra", inquietante por una atmósfera quejumbrosa y ritmo latente de secuenciador (el Moog en vez de un bajo) que marca un camino sin dirección clara, basado más en ese ritmo y el ambiente nebuloso que en la melodía. Es curiosamente la ausencia de rigor, la imprevisibilidad, lo que hace de estas composiciones más vivas y por supuesto extrañas, anticipando con su investigación electrónica la enorme comercialidad que Jarre y Vangelis sí que supieron (o quisieron) encontrar pocos años después con un componente melódico más estudiado. Dentro de la frialdad general, "Mysterious semblance at the strand of nightmares" es un titulo obra de Froese que intenta ser más cálido y agradable, y a pesar del abuso de efectos sonoros (sin secuenciador, basado en el mellotron) consigue un resultado igual de misterioso que el resto del disco pero más asequible y abierto, incluso altamente hipnótico. En temas como éstos emerge una profunda contradicción, pues las meditativas intenciones cuentan con un componente subyacente que nos hace debatirnos entre una calma tensa y una tormenta de proporciones livianas. "Movements of a visionary", pura experimentación con comienzo robótico y desarrollo demasiado lineal, es otra composición que con sus pulsos melódicos sabe explorar en algo primario de nuestra mente. "Sequence C'", de Baumann, cierra el disco con sus dos meditativos minutos de flauta con nimios efectos, dejando abierta una vía de expresión de clara continuidad.

Al estar en encrucijadas múltiples y bien planteadas, los discos antiguos de Tangerine Dream no pasan fácilmente de moda, de hecho algunos de ellos siguen siendo referencias y cuentan con admiraciones varias, ya que nos encontramos ante una banda influyente y en constante evolución, reverenciada por igual por hippies, yuppies, discotequeros, rockeros o melódicos. "Phaedra" se aprovechó de una época abierta, de caminos inexplorados, en la que lo raro vendía, y constituye uno de los mayores logros de la banda alemana, un trabajo más misterioso y oscuro que relajante, cuya audición no siempre es fácil, pero que sin embargo deja un poso enorme al escucharlo con la debida atención, la sensación de haber contemplado uno de los despertares al mundo de la música electrónica.

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29.11.09

DAVID ARKENSTONE:
"Citizen of time"

La impecable imagen de marca de la compañía Narada le hizo lograr que la prestigiosa revista Billboard le aupara a comienzos de los 90 al primer puesto en cuanto a la categoría 'new age', por delante de Windham Hill. Su estrategia incluía fichajes de calidad, estudios de mercado y un diseño gráfico fácilmente identificable que combinaba lo informativo con lo puramente artístico. Por ejemplo, en el caso de David Arkenstone, sólo hay que ver las portadas de sus dos primeros discos, "Valley in the clouds" y "Citizen of time", que reproducían sendas pinturas del artista gráfico Mark Geisheker, ambas de inapelable belleza y de una conseguida equiparación con el universo musical de este artista estadounidense influenciado del mismo modo por Emerson, Lake and Palmer, Yes o Kitaro en cuanto a la música, que por Tolkien o Ian Fleming en la literatura.
Multiinstrumentista madurado en California, Arkenstone encontró en su incorporación a Narada una puerta hacia una comercialidad basada en un sonido propio y elegante, de natural grandilocuencia, adquiriendo por lo general tintes épicos derivados de temáticas mitológicas, historias de aventura heróica y fantasía, entre los mundos de Robert E. Howard y los de J. R. R. Tolkien. Su disco de debut, un altamente interesante "Valley in the clouds", inauguró en 1987 el catálogo de Narada Mystique (una de las colecciones de la compañía, en concreto la encargada de comercializar 'nueva música electrónica de alta calidad'), seguido por obras de Peter Buffett, Bruce Mitchell, Carol Nethen y en octavo lugar, en 1990, un "Citizen of time" en el que Arkenstone es un explorador de civilizaciones remotas, un ciudadano del tiempo. El monte Everest es el punto de partida desde el que nuestro aventurero decide comenzar la exploración; "Top of the world" es una placentera melodía de flauta sobre base de teclados (acústica y electrónica) que augura un viaje largo y pleno de aventuras hacia destinos exóticos como la gran muralla ("The great wall", otra acertada composición con el justo equilibrio entre lo dinámico -las percusiones de un clásico en los discos de Narada, Daniel Chase- y lo relajante), los calurosos desiertos del sur de Estados Unidos ("Voices of the Anasazi", interesante muestra de ambientalidad con intención melódica), las tierras nórdicas ("The northern light", tonada de espíritu aventurero en una envoltura de película con aurora boreal incluída) o el antiguo Egipto, en una de las composiciones más acertadas y misteriosas de este trabajo, "Rumours of Egypt", donde un suave ritmo in crescendo, acompañado del delicado encanto de un teclado emulando un instrumento de viento, nos acompaña directamente hacia tumbas, esculturas y por supuesto pirámides, destilando un enigmático componente esotérico en una música ya de por sí alquímica. Es esta parte central la más acertada de un disco por lo general agradable y entretenido, si bien de concepción algo simple. Eso no le resta encanto y sin duda merece la pena dejarse acompañar por los temas arriba destacados o por otras composiciones ágiles ("Firestix", "Splendor of the sun"), atmosféricas ("The malabar caves") o de cierta pomposidad, como el clímax de un tema final, "Explorers", dedicado a la malograda tripulación del transbordador espacial Challenger.
La idea de crear un disco conceptual, con la atractiva temática del viajero del tiempo, le imprime un cierto carisma a la obra, aunque tal vez se eche de menos una mayor cohesión o un tema recurrente. Aún así, la fuerza de alguna de las composiciones por separado ("Rumours of Egypt", "Firestix", "The great wall") y lo correcto del nivel general hacen de "Citizen of time" un agradable ejemplo de conjunción de sonido electrónico y acústico con aires épicos, en el que David Arkenstone se encarga de tocar un aluvión de sintetizadores (Korg, Roland, Emulator, Proteus, Fairlight, Yamaha), piano acústico, guitarra, bajo y flautas. A pesar de su creciente éxito y su legión de fieles seguidores, su estilo ha perdido personalidad e inspiración en la búsqueda de la comercialidad, si bien casi cualquiera de sus discos (en especial los de Narada o Windham Hill, para la que también llegó a grabar a finales de los 90) es recomendable para dejarse llevar hacia espacios ignotos de magia y aventuras, sin salir del salón de nuestras casas.

22.11.09

PHILIP GLASS:
"Powaqqatsi"

Los hopis son un pueblo nativo de la meseta central estadounidense que ha sabido mantener la esencia de su cultura hasta nuestros días, una sabiduría ancestral que conserva datos históricos controvertidos y teorías proféticas sobre el destino de la humanidad. Es del idioma hopi de donde toma el director de cine Godfrey Reggio los títulos de su conocida trilogía documental 'Qatsi', formada por las películas 'Koyaanisqatsi' ('vida fuera de equilibrio'), 'Powaqqatsi ('vida en transformación')' y 'Naqoyqatsi' ('la vida como guerra'). Todas ellas cuentan con la banda sonora de un Philip Glass que entró en la industria del cine "tarde y por la puerta de atrás (...) simplemente como otra forma artística en la que trabajar". "Koyaanisqatsi" presentaba un score intenso, meditativo en su comienzo (con la abrumadora belleza del Gran Cañón), deprimente y desazonante en su segunda parte (en combinación con elementos tan destructivos como necesarios para el hombre como líneas de alta tensión, prospecciones petrolíferas, gaseoductos o presas), extremadamente caótico y alienado en su acto final (guerra, suciedad, abandono, polución, superpoblación, consumismo..., la humanidad como fantasmas). Cinco años después, Reggio y Glass abordaron una segunda parte, visualmente más atractiva y musicalmente más completa: "Powaqqatsi".
El minimalismo urbano de "Koyaanisqatsi" (que Reggio utilizaba por momentos junto a la cámara rápida incrementando la sensación de caos y locura) deviene en "Powaqqatsi" en otro más global, rico y seductor. Glass consigue impregnar de soberana magia la mayoría de las composiciones, sin necesidad de recurrir a la excesiva repetición, si bien no falta su inconfundible sello cíclico en ciertos fondos y melodías. Los demás, revestidos de músicas del mundo, desvelan intenciones propias que van más allá de la película en cuestión, en la que imágenes y música cumplen su propósito de impresionar al espectador. Por ejemplo, el comienzo nos lleva hasta las minas de Serra Pelada, en Brasil, un lugar que Glass estudió convenientemente antes de empezar la filmación, llegando a componer la base de la posterior escena, que asimismo se usó durante el rodaje, en una curiosa inversión del proceso lógico: el resultado, "Serra pelada", es espectacular, de un vibrante dinamismo y esencia terrenal. Dividido en tres partes, "Anthem" es la columna vertebral de esta primera parte del film, cada una de ellas es una pequeña fiesta, inmersa en las costumbres de los pueblos a los que representa, recalcando la belleza de la vida humana. Los temas intermedios, mientras tanto, son algo más sobrios e intrigantes, buscando en ellos la pregunta contínua (es el caso de "That place" o "Mosque and temple", ambos de armonías indias). Con "Video dream" (con sus impersonales anuncios publicitarios) comienza la zona central de la grabación, compuesta por ésta y las tres partes de "New cities in ancient lands" (China, Africa e India); el maravilloso estilo hipnótico de Glass está presente en estos momentos en los que la película se mueve por terrenos más críticos, ahondando en lo más mísero de la desigualdad de un mundo moderno en transformación, pero combinado con una gloriosa world music, donde destaca la sorprendente percusión de balafón en la parte africana. "The unutterable" se mueve por idénticos derroteros, con su vigorosa tensión en el uso de las cuerdas, que va aumentando gracias al aporte de la percusión y los metales. Contrasta, escapando de la confusión con una brutal comparación, con el tramo final: la viveza rítmica, de carácter global y clímax desenfrenado, de "Caught!", la pureza (ya sin compases glassianos) de la kora de Foday Musa Suso en "Mr. Suso" -esta supone la primera de las colaboraciones entre Glass y este músico gambiano- y la simple pero intensa demostración vocal de Shaikh Fathy Mady en "From Egypt", consiguiendo vover a apelar a la conciencia global y así 'conectar con el mundo'.
Godfrey Reggio no dudaba en expresar su admiración hacia Glass, calificándole como un compositor increíble, sensible y poderoso. Colaborando en un plano de total igualdad, su música se convertía en las palabras de este director cuyo afán por el documental sin voces puede tener su origen en los catorce años de ayuno, silencio y oración que pasó tratando de convertirse en monje de la orden católica de los Christian Brothers. Afortunadamente, las colaboraciones de ambos están recogidas convenientemente en discos compactos, y se pueden disfrutar prescindiendo del visionado, aunque precisamente hay que acabar aconsejando otro film, esta vez del australiano Peter Weir: "El show de Truman" recoge varias melodías soberbias de Philip Glass (que incluso aparece brevemente en la película), incluyendo un "Anthem-Part 2" con el que un servidor literalmente saltó de la silla. Y es que Glass consiguió en los más de setenta minutos de "Powaqattsi" (Elektra Nonesuch, 1988) una banda sonora bella, rotunda y de gran inteligencia.

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15.11.09

DAVID ANTONY CLARK:
"Sacred sites"

Existen en nuestro planeta lugares de poder, enclaves determinados donde las energías de la Tierra, por diversos motivos, son encauzadas de forma adecuada y que desde la antigüedad han sido utilizados y venerados religiosa o espiritualmente, por medio de emplazamientos megalíticos, catedrales o monumentos naturales de imponente belleza. El compositor neozelandés David Antony Clark se acercó en el año 2004 a algunos de estos 'lugares sagrados', e inspirado por su carácter mágico realizó uno de sus mejores trabajos, de título "Sacred sites", publicado por su compañía habitual, White Cloud (con su correspondiente distribución en España -convenientemente traducida por Coro Acarreta- por parte de Resistencia).
A la natural espiritualidad de David Antony Clark se une el misticismo y la energía de esos lugares sagrados escogidos por él mismo, inspiradores de paisajes sonoros llenos de magia, calor y fuerza. Las melodías no difieren del típico sonido de su autor, por lo que este disco no va a decepcionar al seguidor fiel del neozelandés, y sorprenderá además al que se adentre en su mundo por vez primera. Si bien cada trabajo de este preciosista músico supone un largo viaje, este va a constar de muchas más paradas en un larguísimo recorrido, de Australia a Perú pasando por Siria, Irlanda o el Himalaya, impregnándose de la esencia y el misterio de cada lugar sagrado. Es el variado uso y origen de las voces el elemento diferente en esta grabación, aportando su grano de arena en el aura de cada pieza. El viaje comienza con "The cape of restless souls" en su tierra, Nueva Zelanda, donde somos recibidos por cantos maoríes y por una de las melodías representativas de Clark, alternando tan eficazmente teclados con instrumentos de viento, que parecen contarse historias ancestrales. Son sin embargo esas voces únicas lo más destacable del disco, por su variado origen, adaptándose a la temática de cada pieza: hindúes en "To the ice god" (dedicado a la himalaya cueva de Shiva), árabe en "Midnight in the temple of Baal" (donde la voz de Huda Melsom destaca en una elaborada y evocativa composición, con un interesante laud árabe), gregorianas en "The abbey and the thorntree" (sobre la abadía de Glastonbury) o celtas en "Ghosts of Culloden" (donde Clark se deja llevar por su sangre irlandesa), completando una primera mitad del disco altamente interesante y globalmente efectiva. Es por contra el primer corte instrumental la gran joya del trabajo, una cautivadora melodía de atracción innegable que lleva por título "The martyrs' stone", dedicada a las lápidas del cementerio dublinés de Glasnevin. Sólo un peldaño por debajo se encuentra otra composición enteramente instrumental, "Brú na bóinne", que cierra este apartado celta en su viaje hasta el complejo arqueológico de Newgrange, en Irlanda. Hasta la américa andina nos transporta "Machu Pichu", en la que podemos escuchar un poema del propio David Antony Clark en español. Ambientes naturales y sonidos selváticos pueden percibirse en varios de los cortes, si bien abundan especialmente en el último de ellos, dedicado a los cortados de Ubirr, en el parque nacional de Kakadu (Australia), cuya melodía es tan simple como el rumor de esas sonoridades animales.
Por la presumible simpleza de sus melodías, su envoltura de new age ecológica, o simplemente por provenir de un país pequeño y una compañía de discos desconocida, David Antony Clark no goza de mucho predicamento por parte de la crítica especializada. A pesar de ese ninguneo se trata, por méritos propios, de una referencia en las nuevas músicas, un espíritu aventurero cuya inspiración parece tan inagotable como la belleza de los paraísos a los que referencia en sus discos, de los que "Sacred sites" es un clarísimo ejemplo de obra sin altibajos, un acertado disco lleno de melodías agradables, pegadizas, de inspiraciones varias aunque un sonido rotundo, el típico modo que tiene D. A. Clark de hacer su trabajo. Algunas leyendas ancestrales ya llevan asociada, de manera inherente, su música.

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